La democracia imperfecta

La democracia imperfecta

Los procesos electorales, además de un contraste de ideas, implican la administración de las expectativas. Hoy, Estados Unidos enfrenta el choque con la realidad al examinar la degradación de su democracia, al observar la resiliencia del trumpismo y la derrota de las encuestas.

Primero, la expectativa de la democracia y fortaleza institucional de Estados Unidos. Antes que nada, es crucial destacar que nuestro vecino vivió un proceso con la mayor participación desde 1900 con una participación proyectada de 66% de personas elegibles. Miles de ciudadanos se entregaron para el conteo de votos en medio de una pandemia que les ha costado más de 80 veces el número de personas que perdieron la vida en el ataque a las Torres Gemelas. Sin embargo, ahí no está la crítica sobre su expectativa democrática. Su degradación está en una polarización tan profunda que exacerba la interacción social y, en algunos contextos, recuerda lo peor del racismo institucionalizado: el hacer prácticamente imposible el registro en el padrón electoral para algunos ciudadanos, para que participen y compitan en un contexto de Citizens United, para que sus votos se cuenten, para que las victorias y las derrotas se reconozcan. Este momento no es un paralelo al 2000. En la boleta no está un partido, está la batalla por la decencia mínima de los líderes y estabilidad institucional. Nunca se ha puesto en duda la transferencia pacífica de poder con los 44 presidentes que antecedieron a Trump. Hoy, sí. Con esto, ¿qué ejemplo exportan?

Segundo, la derrota de los demócratas. Al observar las proyecciones, más de una persona consideramos la posibilidad de una ola azul o, en nuestros términos, el carro completo. Sin embargo, por la forma de seleccionar al presidente y los calendarios escalonados en el senado, los cambios no son algo sencillo. Para colocarlo en perspectiva, solamente tres presidentes en la historia habían perdido la reelección. El poder, la capacidad de recaudar fondos y la atención son factores determinantes en una campaña de este tipo. La labor de Biden era titánica y, en estos momentos, todo parece indicar que alcanzó su objetivo. ¿Qué debía hacer? Refrendar el número de estados que ganó Hillary Clinton y recuperar los estados del denominado Rust Belt o corredor del óxido, particularmente Wisconsin (WI), Michigan (MI) y Pensilvania (PA). Cualquier otro estado, es ampliar el mandato. En estos momentos, parece que Biden se encamina a ser el presidente más votado de la historiaen el voto particular con más de 3% de diferencia. Sin embargo, por la forma de operar el colegio electoral, la cercanía entre la tragedia y triunfo pueden ser unos pocos votos. En el 2016, Trump ganó los tres estados que menciono por 100 mil votos. Para colocarlo en relieve, eso es mucho menos que el padrón en un distrito electoral en nuestro país.

Al margen de la presidencia, ¿dónde sí está la derrota? En la expectativa de la ola azul y, sobre todo, el control del senado. Nunca estuvo en mente que Texas, Arizona o Georgia fueran estados competitivos. No son swing states o estados bisagra, ya que no han tenido alternancia en más de un ciclo electoral. Lo que sí, los demócratas perdieron, hasta el momento, es la oportunidad de quitarle el control del Senado a Mitch McConnell. ¿Qué permitiría esto? Reforma la filibuster, nombramientos más agresivos, reforma al poder judicial, paquete de apoyo económico más amplio, entre otros puntos que presumiblemente se quedarán en el tintero.

Tercero, las encuestas. Sí, una vez más, fallaron las encuestas. En estos momentos, mucho se podrá señalar sobre los métodos. Una de las hipótesis que me parece más interesante sobre este fenómeno es la falta de confianza en las casas encuestadoras e instituciones. Por más que se busque desacreditar, las encuestas no se van a ir. No pueden hacerlo. Son herramientas que permiten medir diversas cosas a los tomadores de decisiones. Qué temás abordan, las posiciones sobre los temas, las aduencias o los calendarios son elementos que habitualmente se definen mediante el uso de encuestas. Son un termómetro del sentimiento social. Hoy, parece que el sentimiento no se manifiesta de manera correcta por la desconfianza y la polarización.

En suma, considero necesario modular las expectativas y colocar en relieve los procesos que enfrenta Estados Unidos: somos testigos que un presidente puede no reconocer su derrota y hacer difícil la transferencia de poder, que un partido no alcance lograr las reformas que exige su base y que se termine por dinamitar una de las herramientas más útiles que aún tenemos en el terreno político. No pensemos algo que no es, ni será: como toda democracia, Estados Unidos tiene un sistema imperfecto. Al menos, hoy, parece que la mayor expectativa se cumplirá: tendrán un presidente que regresará lo aburrido a la política. Francamente, se agradecerá.

Columna invitada
Por JUAN ALBERTO SALINAS

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