Mala dejada.

Beto venía por Av. 8 de julio, daría vuelta a la derecha en Lázaro Cárdenas y regresaría por Colón. La noche era joven, apenas las 9:30, esperaba recuperarse de lo mal que iba su día. Diez horas de trabajo arriba del taxi recorriendo calles y solo traía un poco más de 200 pesos, después de echar gasolina. La mejor dejada de su pesada jornada había sido de 120 pesos y fue por el llamado de una cliente asidua.

La calle lo estaba tratando muy mal, pero tenía que insistir, necesitaba dinero.

De pronto, vio que su suerte empezaba a cambiar; del otro lado de la calle, afuera de la clínica del IMSS un hombre le hacía señas pidiendo servicio, atrás de él, dos mujeres con un bebé de brazos le esperaban.

Beto no lo pensó mucho, cualquier otro taxi que pasara por la concurrida avenida podría ganarle el pasaje y él necesitaba cubrir la liquidación del día -350 pesos diarios-, en la semana ya se había atrasado con dos liquidaciones y el patrón empezaba a presionarlo.

La vuelta en «U» sobre la avenida molestó a otro conductor que iba en el mismo sentido por 8 de julio, el bocinazo, los recordatorios familiares, distrajeron al taxista y no vio el camión que daba vuelta para tomar la avenida donde él maniobraba esquivando coches y mentadas. Los frenos de aire haciendo esfuerzos por detener el pesado transporte y más bocinazos, ahora con cornetas de aire, hicieron que el susto fuera mayor para el conductor del carro de alquiler.

Como pudo Beto logro esquivar el golpe y estacionarse sobre la avenida para recoger el anhelado pasaje. Las mujeres subieron lentamente en la parte de atrás, mientras nuevos recordatorios aparecían para el taxista que estorbaba en la avenida. El bebé lloraba un poco en brazos de su madre, con cara de enfadado el hombre de unos 30 años se sentó adelante.

-Llévanos a la Ferro, por la calle 10. Ordeno el pasajero.

La frustración del taxista se hizo evidente, había hecho toda una maniobra arriesgada por un servicio de cuando mucho 20 pesos. Se dirigió rápidamente al lugar señalado, el niño lloraba, las mujeres no podían callarlo y el hombre seguía enfadado viendo por la ventana.

-Párate aquí. Dijo el pasajero.

Beto se estacionó afuera de una entrada a varios edificios, que tenía poca iluminación. Las mujeres bajaron sin prisa ni preocupación, el bebé seguía llorando. Al lado del taxista el hombre permaneció sentado con su cara de enfado.

-Son 30 pesos. Cobró Beto, buscando desquitarse un poco de los malos modos del pasajero.

El hombre no dijo nada y sólo se quedó viendo a sus acompañantes perderse en la oscuridad.

Mientras las mujeres se alejaban, Beto soñaba con la voz de su pasajero indicándole otra dirección, una alejada de esa zona, que le permitiera ganar más. Cuando ya no se veía nadie en la calle, el hombre con su cara de enfado volteó y le grito:

-¡Dame todo tu dinero!

Reforzó su exigencia el asaltante con una pistola de cachas de madera. Beto no lo podía creer, era el segundo asalto en menos de dos meses, empezó a entregar el efectivo, mientras el ladrón enojado le reclamaba por el poco dinero que traía; no dejando de revisarlo y de buscar en el carro algo de valor. Antes de bajarse, el hombre enfadado golpeó al taxista en la cara, aventó las llaves del automóvil a la calle, tomó el celular, una cajetilla a medio consumir, el dinero y se fue corriendo.

Beto se sobó el ojo donde recibió el golpe del asaltante, empezó como pudo a buscar en el suelo las llaves, y en su interior algo de valor para no ponerse frustrado a llorar en medio de la calle.

Daniel Emilio Pacheco.

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