EL GALLO

Por Carlos Enrigue

Ignoro cómo llegué  a concebir esta historia cuyo resultado me sirve para la reflexión acerca de que hay un lugar para cada cosa y cada cosa tiene su lugar; que cuando algo se sale de contexto se presta a los absurdos más grandes, tal es el caso de un vecino del suscrito que tuvo la mala idea de llevar un gallo a su casa, cosa que no tendría nada que ver si la casa de mi vecino se encontrara en una zona rural, pero tener un gallo en la calle Mar Rojo, es cuando menos, una situación bastante heterodoxa.

            Mi primer pensamiento a las 5:30 de la mañana, hora en que empieza a cantar el animal (me refiero al gallo), fue que tengo un vecino narco; y esto es porque a dicho género de personas les gusta tener en su casa especies de animales exóticas, y tan exótico resulta tener en un fraccionamiento residencial un gallo, como tener un tigre blanco de Tazmania; pero en fin los narcos son así, y es que ellos desconocen que podrían tener como mascota un perro o un gato, o un canario, si le gustan las aves, o tal vez el individuo crea que por mucho cantar el gallo pronto pondrá un huevo.

            Al filo de las 6:15 de la mañana, pensé corresponder la serenata poniendo a todo volumen un concierto de gaitas escocesas, más si este animal (me refiero al dueño del gallo) es tan campirano puede ser que ya se haya levantado a esa hora, por lo que decidí posponer el concierto para las 11:00 de la noche; y recordando la técnica con que los gringos sacaron a Noriega de la Nunciatura Apostólica, pensé en además de las gaitas, ponerle una selección de guitarra eléctrica de Jimmy Hendrix o de Metallica.

Como a las 6:45 el animal (ahora sí el gallo), seguía cantando, pensé en remitir mi queja a los representantes de derechos humanos, para ver si era posible terminar la tortura del canto, aunque debo reconocer que pensé en venganzas más exquisitas como condenar al propietario a escuchar los discursos políticos de la semana.

            Desde luego que pensé en asesinar al gallináceo, pero tuve miedo de las acciones de los ecologistas, aunque sería defensa propia, dado de que, si un animal le planta un gallo al otro lado de su casa en plena urbanización, ellos también lo matarían.

            Por otra parte, he pensado que la cosa es peor, pues si mi vecino extraña su rancho, pues no tardará en llevar más animales a que lo acompañen y aquello se puede convertir en un zoológico de especies menores, y algunas mayores, para que los niños conozcan el mundo animal.

Después de tan mal amanecer, traté de pensar en ir a conocer al vecino, idea que desde luego rechacé porque mi propósito inicial era ir a verlo armado de una escopeta, pero como no tengo escopeta ni arma alguna, pensé en llevarme un cuchillo de cocina o un martillo para que quedara como unicornio con él clavado en la frente; me pregunté si tendría familia, sobre todo si tendría madre, conclusión a la que arribé diciendo que ninguna de las dos cosas tenía, ya que quien convive con un gallo en esta ciudad, debe haber sido abandonado por todos y está gritando al mundo que reclama la amorosa hospitalidad de un manicomio.

            Ahí iremos a dar también todos aquellos que asolados por el animal (el gallo), no podamos dormir, con lo cual mi inicial consideración de que el sujeto era narcotraficante volvió a tener vigencia, tal vez sea una táctica criminal para provocar que los propietarios hartos de insomnio vendan sus propiedades a bajo precio.

            Al salir de mi domicilio me encontré con que los rostros de los vecinos reflejaban el mismo cansancio que el mío, alguno propuso lincharlo sin formación de causa; algún otro que es propietario de un rifle de copitas propuso acallar al animal (al gallo) para siempre; varias gentes llamaron a la patrulla y hasta alguna llamó a un cura para que exorcizara al propietario, en virtud de que dicha persona afirmaba que ese gallo estaba siendo criado para la celebración de ritos satánicos, a lo cual otro vecino dijo que el propietario celebraba extraños aquelarres; otro más tratando de calmar los ánimos sentenció que el propietario era un pobre ranchero descontrolado por los viajes y la televisión.

            Tal vez se trate de un contrabandista o traficante de animales, con lo cual los defensores de los animales debieran estar inspeccionando la casa porque tiene finta de delinquir en este sentido.

            Se intentó llamar a las autoridades, más de bien poco sirvieron, en virtud de que se encontraban en campaña y por alguna causa tuve una premonición y me imaginé al gallopropietario, vestido con unas botas Fox y una hebilla prometiendo que todos los niños de México tendrían su gallo para despertarse.

            En fin, mi solitario lector, que el que esto escribe está agobiado hasta la muerte por el absurdo que representa sacar una cosa de su contexto, pues como decía al principio, imagínese las cosas en su lugar en una granja o rancho, el gallo y su dueño correteando por el campo sin joder a nadie, se vería sonriente (el dueño), y el animal no tendría que sufrir los avatares de la corrupción.

            Nunca es buena la venganza, pero sinceramente le deseo a mi vecino que en su rancho, si es que lo tiene, le planten junto una central de autobuses nocturna o una troqueladora de golpe, o ya cuando menos un club de motociclistas que funcionen de 8:00 de la noche a 5:00 de la mañana, y entonces este hombre que parece ser protector de los gallos embestirá contra su animal y le torcerá el pescuezo para que vaya cantarle a San Pedro que se levanta muy temprano.

            Y por otro lado esperemos que la autoridad ponga en paz a este ranchero citadino antes de que lleve a vivir con él sus arañas venenosas y sus guacamayas sudamericanas.

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